El Oficio de Keteris: la revelación.

La CuriosidadKeteris estaba abrumada. Ella había viajado hasta Delfos a que la Pitia le contara la vida y milagros de Apolo y poder imbuirse de su divina facultad. Y hasta ahora, todo habían sido sorpresas, empezando por el hecho de que Sibila ya conocía su existencia; las visiones, no precisamente agradables, de gente enfermando, muriendo o hiriendose mientras trabajaban en la construcción del Santuario; y finalmente, y esto sí le había gustado, la vertiente musical de la divinidad a la que se había propuesto venerar, y si fuera necesario, dedicar su vida. ¿Qué habría de suceder ahora?

Sibila volaba por los pasillos, arrastrando a Keteris en su desenfrenado deseo de mostrar a la joven lo que le esperaba ahora. No se detuvo hasta llegar, casi jadeante, a la salita donde las compañeras de la Pitia habían preparado un impresionante desayuno: uvas de Corinto, miel de las flores de la corona de Hera, pan del trigo de los campos de Demeter y queso de las ovejas con cuya lana las Parcas tejen el destino de los hombres. Keteris, por entonces ya hambrienta, contempló extasiada las viandas y tomó asiento junto a los demás; no así Sibila, quien, con semblante serio pero radiante mirada, se dirigió a los presentes:

-Haced lo que ella os pida- proclamó. -Es una elegida. El oráculo ha hablado-.El Oráculo

Una exclamación de sorpresa, seguida de un silencio sepulcral, se adueñaron de la estancia. Keteris casi se atraganta con las uvas sobre las que se había abalanzado; a duras penas consiguió tragar, a la vez que miraba tímidamente entre sus hebras de azafrán  para percibir todos los ojos clavados en ella. Con gusto se hubiera escurrido debajo de la mesa, pero se tuvo que reprimir las ganas de hacerlo y conformarse con ruborizarse y hundir la nariz en el cuenco de yogur con nueces y miel que se había preparado. ¿Qué era eso de que era una elegida? Y si había hablado el Oráculo, ¿significaba eso que la había elegido el mismísimo Apolo? ¿Para qué? Esto se está complicando demasiado. Instintivamente levantó los ojos en busca de la balsámica mirada de Sibila, quien, con voz conciliadora, le instó:

-Anda, acábate el desayuno. El ritual no ha hecho más que empezar.

el besoY, acercándose a la joven, la besó. Un beso mágico, terapéutico, simbólico. El miedo de Keteris se disipó de repente, y los todos los presentes vieron la señal; sí, el Oráculo había hablado. Loada sea Keteris.

La curiosidad se había adueñado de la Elegida. Después de dar buena cuenta de su desayuno, había llegado el momento de continuar con “el ritual”. Estaba claro que no tenía que volver a sorprenderse por nada, no le salía a cuenta vivir en un constante estado de excitación y en fin, Sibila sabía lo que hacía, por qué ella estaba allí, a qué había ido… no necesitaba más que dejarse llevar.  Y según iban apareciendo estos pensamientos por su cabeza, recordó lo sucedido hacía unos instantes y llevó sus dedos a los rúbeos labios que acababan de ser besados; aún ardían. Una sensación hasta ahora desconocida se adueñó de Keteris.

Fue conducida junto a Sibila hasta una fuente recóndita, una fuente donde, al parecer, tenían lugar diversos rituales relacionados con Apolo, las Musas y toda su horbaño de Apoloda de representaciones. Allí esperaban ya por lo menos media docena de muchachas, casi adolescentes, que portaban ánforas de aceites especiadas, bálsamos perfumados y una pequeña botella con óleo sagrado. La fuente contaba con un sistema térmico que conseguía mantener el agua a una temperatura más que agradable. Entonces, las muchachas se acercaron con ademán de desceñir la túnica a Keteris, quien dirigió una mirada de pánico a Sibila; ésta, una vez más, rió –excepcionalmente silenciosa- y dirigió una mirada de asentimiento a Keteris, quien suspiró, resignada, y levantó los brazos en señal de rendición.

-¿Por qué no olvidas tus prejuicios y te relajas por unos instantes?- Inquirió Sibila.-Una cosa es la ostentación de poder, que sé que odias, y otra es un ritual de iniciación, de purificación, algo que pertenece a lo que va a ser tu nueva vida. Disfruta este momento y déjate hacer, a partir de ahora no va a haber muchas oportunidades de relajarse-.

Keteris decidió escuchar a la voz de la experiencia. Cerró los ojos, suspiró lentamente y dejó que aquellas dulces manos recorrieran su blanquísima piel, maltrecha por el viaje en barco desde Cnido, el recorrido entre Corinto y Delfos, Delfos y Corinto, en fin… dejó que los aceites, enérgicamente frotados en los lugares más estratégicos de su anatomía, hicieran desaparecer las tensiones acumuladas, los miedos, la angustia por las visiones y las pesadillas. Lavaron con exquisita delicadeza su largo cabello, y todo bajo la atenta mirada de Sibila. Una vez que las hubieron bañado, ésta hizo una señal para que las dejaran solas, y se volvió hacia Keteris, a quien ungió con el óleo sagrado para luego decir:

-Ahora que tu cuerpo y tu alma están purificados, estás lista para escuchar aquello que has venido a conocer. Tú quieres saberlo todo sobre la vertiente sanatoria de Apolo, esa por la cual es capaz de aliviar los males de los hombres, curar sus enfermedades. Pero tú estás preparada para algo más; te voy a contar una historia que hasta ahora pocos conocen, y que ha de ser el futuro de la Medicina, del cual tú estás llamada a formar parte-.

Sibila había conseguido atraer la atención de Keteris, cuyos ojos de aguamarina parecían dos signos de interrogación en su semblante infantil.

Apolo, Quirón y Asclepio

Apolo, Quirón y Asclepio

-Apolo, hijo de Zeus y de Leto, hizo concebir un varón a Coronis, una mortal de las muchas de las que se encapricha nuestro bienamado. De una manera muy traumática vino, pues, a este mundo, Asclepio. Muerta su madre, Asclepio quedó, en el Monte Pelión, a cargo del centauro Quirón quien, con ayuda de Apolo y Atenea, le instruyó en las artes de la Medicina y de la caza. Tan buen alumno fue Asclepio que llegó a dominar el arte de la resurrección.

Zeus montó en cólera cuando descubrió las habilidades del joven mortal, y con un rayo lo fulminó. Obviamente, Apolo no tardó en vengar la muerte de su hijo, y a su vez mató a los cíclopes que habían forjado el rayo. Lo cierto es que, al morir Asclepio, siendo hijo de un dios, ascendió al cielo. Hoy podemos verlo en la constelación de Ofiuco-.

Sibila paró a beber un sorbo de vino. Keteris estaba a su vez bebiendo sus palabras, sin perder detalle. –Vamos a refrescarnos un poco. Allí detrás está nuestro tholos, y es la hora del baño común-.

Salieron de la fuente termal y se acercaron al estanque donde ya chapoteaban alegremente las demás jóvenes. Se zambulleron en las frías aguas entre gritos y risas, pero Sibila no había terminado la historia.asclepio

-Asclepio había heredado la vara con la pitón de su padre Apolo, y por eso siempre se le representa con dicho atributo. Y antes de morir, nos dejó a su esposa e hijas para ayudarnos en la honrosa tarea de aliviar el mal ajeno: Epíone, su mujer, conoce la analgesia. Higea nos enseña a prevenir las enfermedades, Panacea elabora todo tipo de remedios y Telesforo anima a los convalecientes. De tal modo, podemos decir que, si bien Apolo es probablemente el dios con más poderes del Olimpo, tiene delegados muchos de esos poderes entre sus hijos, Musas y otros personajes. Así que, dada tu vocación, te sugiero que te dediques a las ciencias y artes asclepias. Tienes el don, y es tu responsabilidad hacer buen uso de él-.

-Está todo preparado, mi señora; os esperan en el abaton-. El neócoro se había acercado al borde del estanque a dar la noticia a Sibila, a quien se le volvieron a iluminar los ojos. Keteris tomó esto como una nueva amenaza a el bañosu tranquilidad.

-¡Vamos, sequémonos y vistámonos! Tu día de iniciación no ha hecho más que comenzar-.

Salieron, pues, del estanque; las secaron, las vistieron, cepillaron y recogieron sus cabellos, y se dispusieron a continuar con el guión de la jornada.

 

 (Continuará)

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