Oficios: Apolo, dios de la Medicina… y de la Música.

Sibila, pues, acompañó a Keteris a sus aposentos  con las pocas pertenencias que llevaba consigo. La ayudó a desvestirse, cepilló sus cobrizos cabellos, y finalmente la cubrió con sábanas de lino, una vez que la joven se tendió sobre el suave lecho que a gritos reclamaba acoger su níveo cuerpo. Y, silenciosamente, también ella se retiró a su alcoba.

Morfeo no tuvo piedad con Keteris. Lejos de inducirle un pacífico sueño, la toMorfeorturó cruelmente con las visiones que ella había tenido ya en el templo: pesados andamiajes que cedían y se derrumbaban, sepultando en su caída a cuantos trabajaban en su derredor; miembros atrapados entre las poleas, herramientas que al caer provocaban espantosas heridas… sin que ella pudiera, en su trance, hacer nada por evitarlo. Después, Hipnos se apiadó de la joven, que yacía agitada y sudorosa, ordenando a su vástago Morfeo dejarla disfrutar de un merecido y reparador descanso.

Y no acababa de Muchacha ventanateñir el sol de naranja el horizonte cuando una delicada melodía dio en acompañar a la joven en sus sueños. Abrió sus glaucos ojos, dejando que la incipiente claridad se abriera paso entre sus pestañas… no, claramente no era un sueño. ¿De dónde procedía esa suave música? Llena de curiosidad, Keteris saltó de la cama y se asomó a la ventana, dejando que sus cabellos se llenaran de los rayos que anunciaban la llegada del nuevo día.

-Son músicos que acuden a solicitar los favores de Apolo-. Sibila entraba en ese momeKeteris o Afroditanto con intención de despertar a su huésped, hallándola sin embargo asomada a la ventana, con sus cabellos y su inocencia como únicas vestiduras; era evidente que las ninfas se habían afanado en derramar sus gracias sobre la joven que ante ella se mostraba, con su blanca piel salpicada de traviesas efélides, caderas redondas y piernas que de mármol parecían esculpidas. Y en un tono en el que se conjugaban admiración, ternura y, por qué no decirlo, envidia, prosiguió con su discurso: -Aquí llegan cantores de todos los rincones de la Tierra, a presentar a Apolo sus ofrendas y a recitarle sus composicioApolo Músicones, con intención de que le plazcan y les recompense con frecuentes visitas de la Musas y éxito en sus actuaciones-.

Keteris no se volvió a escuchar a Sibila; ni siquiera para saludarla. Estaba hechizada por los cantos, como si de sirenas se trataran, pero con voces graves, profundas, acompañadas de cítaras, liras y siringas.

-Estos a los que oyes vienen del occidente, de Iberia; han viajado por mar y por tierra, desde Hesperia hasta Persia, recogiendo sonidos de diferentes lugares para combinarlos en sus tonadas repletas de alegría, o melancolía, pero sobre todo del carácter de la gente de aquellas tierras, rudo pero gentil, cálido y envolvente-.

La inocente Keteris escuchaba extasiadMusicos Greciaa. Poco tardó uno de los cantores en percibir la atenta mirada de sus claros ojos, y haciendo un gesto a sus compañeros, se acercaron todos a cantar bajo la ventana de aquella su musa, que, desnuda, les escuchaba con deleite. Pero cuando ella se percató de que habían dado con su presencia, dió un salto hacia atrás, ruborizada, encontrándose de frente con Sibila, espectadora de la escena y que la miraba, divertida.

-Ten cuidado- le advirtió mientras la ayudaba a ceñirse la túnica. –Las sirenas son inofensivas comparadas con estos avezados viajeros. ¡Cuántas doncellas no se habrán rendido, encandiladas por su música!-. Y con la advertencia no logró sino ruborizar aún más a la muchacha, lo que terminó por hacerla reír. Definitivamente, el candor de Keteris la desarmaba por completo.

-Anda, vamos. Te tengo preparada una sorpresa- instó Sibila, arrastrando prácticamente a la joven fuera del alcance de los sonidos que la tenían hipnotizada. –Estoy segura de que te va a gustar-.

Keteris sacudió la cabeza, retomó la compostura y se dispuso a acompañar a Sibila, con una mezcla de curiosidad y temor. ¿Una sorpresa? ¿Es que nunca se van a acabar las sorpresas?

 (Continuará)

 

 

 

 

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