La Medicina como Oficio y para los Oficios (II): El viaje de Keteris

Keteris estaba, pues, decidida a conocer más de cerca a su nuevo amor: Apolo.

Con la navegarexcusa de viajar a Corinto a visitar a una de sus primas, de quien le habían llegado noticias de que iba a desposarse con un tebano, embarcó junto con unos comerciantes de especias desde Cnidos rumbo a Itea, donde se asentaba el mayor lugar de culto a Apolo: el Oráculo de Delfos. Y durante el trayecto, por otro lado tranquilo, libre de sirenas, serpientes marinas o desencuentros con Poseidón, dio la joven en observar los duros trabajos que habían de realizar los marinos, cuyos cuerpos, curtidos por el sol y el salitre, impresionaban prematuramente avejentados y llenos de pupas ulceradas. Conmovida, cada mañana se acercaba Keteris a unos sorprendidos marineros y les daba suaves friegas con el ungüento que ella misma usaba para mantener su piel nívea e inmaculada; les ofrecía naranjas y fresas, y las miradas mezcla de estupor y agradecimiento de los sufridos nautas calmaban la angustia que le provocaba a la joven observar sus penosas condiciones de trabajo.

En Delfos, Keteris quería escuchar de boca ni más ni menos que de la mismísima Pitia la historia de Apolo y sus poderes. Pero en Delfos no había un Templo, como en su Cnido natal. Aquello era un santuario en toda regla, ¡una especie de micrópolis dedicada al dios que ella acababa de descubrir! Y cuando llegó por fin al templo aquel 7 de Abril no podía dar crédito a sus ojos: había cientos, si no miles de personas, las que formaban cola con infinita paciencia para consultar al Oráculo. “Esto no puede ser sano”, pensó mientras cubría rostro y boca con un tul bordado. “Las pulgas se darán un festín, y por todos los dioses que una gangrena no se va a curar rezando”.

Delfos

Esperó varios días en casa de su prima en Corinto, donde conoció a su bien plantado prometido, antes de atreverse a volver. Un agradable aroma a incienso y otras especias humeantes invadía el recinto. “Inteligente. Disimulan el olor, pero el ambiente permanece pútrido. ¿Por qué no abren las puertas de par en par?” Miraba a su alrededor, observando cada rincón del templo con la mirada inquisitiva de quien porta la pulcritud como estandarte.

-¿Qué buscas aquí, joven? ¿Acaso quieres unirte a nosotras?- Se oyó susurrar desde detrás de una columna. Keteris se volvió, sobresaltada. Ante sus ojos apareció una mujer de aspecto cansado, pero con ricos ropajes y en cuyas facciones se Miguel Ángel Sibila délfica Capilla Sixtinareconocía la que debió ser una mujer muy hermosa antes de que el tiempo se hubiese ensañado con ella.

– No… ¿oh, Oráculo de Apolo?- Tartamudeó Keteris. La diplomacia y las formas nunca habían sido lo suyo, para desazón de sus progenitores.

La pitonisa esbozó una mueca. Primero de sorpresa, luego de desagrado, para luego suavizarla con una sonrisa y terminar riendo estentóreamente. Le habían conmovido la espontaneidad y la sencillez de la joven.

-Anda, ven,- le respondió en tono maternal, -sé quién eres. Te estaba esperando-.

Y no pudo por menos de lanzar otra sonora carcajada, cuya alegría multiplicó por mil el eco del templo, al ver la expresión con una mezcla de arrobo, sorpresa, incredulidad e ilusión casi infantil que se reflejaba en el rostro de Keteris.

(Continuará)

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