Es lo normal.

Es lo normal.

Cuando uno elige una profesión vocacional, se supone que está preparado para cualquier cosa, que no va borrar jamás la sonrisa de su cara y que cualquier evento que suceda va a ser recibido con regocijo porque uno está ejerciendo (si tiene la enorme fortuna de ejercer) aquello que soñó con ejercer desde niño.

Y cuando uno piensa en profesiones vocacionales, piensa en médico, enfermera, policía, bombero, religioso, militar de carrera incluso. Profesiones que, todas ellas, implican un marcado espíritu de servicio al prójimo, al ciudadano necesitado, en apuros, de rescate,

de protección… Hoy en día llamamos al 112 y en cuestión de minutos,

estés donde estés y sea la hora que sea tienes una UVI, una patrulla y a los bomberos a la puerta de tu casa. Y si la catástrofe es considerable, a la UME –por fortuna en este país los militares se encargan de proteger a los civiles y no de pegar tiros al enemigo-.

Como ciudadana de a pie, no puedo por menos de agradecer con lágrimas en los ojos la eficiencia de todos aquellos que están al pie del cañón para mantener el orden y el bienestar en la sociedad que hemos construido. Pero eso lo pienso yo, porque no soy una ciudadana normal. Yo, además estoy al otro lado de la mesa.

Lo normal es que a los médicos nos hayan convertido en expendedores de cheques sin fondos a demanda, donde nuestro criterio profesional es cuestionado constantemente por un paciente ya no “empoderado” como dicen los pedantes sino “con pleno poder” para decidir las pruebas que se le deben practicar, los medicamentos que se le han de administrar y los días de incapacidad temporal que debe permanecer antes de regresar al durísimo trabajo que ha de soportar diariamente, ya que a día de hoy desgraciadamente no te envían la nómina por quedarte en casa. Y como somos médicos por vocación, esta situación debemos vivirla como algo completamente normal y considerar al paciente dueño de su derecho a decidir sobre su salud, alegrarnos por ello y ser felices. Hemos creado un mundo de caraduras y vagos a costa de la Seguridad Social, y vamos a ir a la huelga para que no se acabe nunca. Y me tengo que sentir enormemente agradecida a la vida por tener la oportunidad de atender a un niño con mocos a las tres de la mañana en un hospital de tercer nivel, o por ser vituperada por un ciudadano con cartilla de “sin recursos” a quien trato sus dolencias con remedios naturales –camomila, agua con sal, baños de contraste- y que no sale de la consulta, contándome queja tras queja remontándose a la época de cuando los dinosaurios poblaban la tierra, hasta que consiguió que le expidiera una receta “con vale descuento”. Oh, sí. La sensación fue casi orgásmica. ¡Normal!

Lo normal que las enfermeras sean las putas del servicio público de salud, que por no poder en peligro a los pacientes que les asignan se desdoblen en cinco y abandonen a sus familias por ir a visitar a sus pacientes a casa al acabar su jornada laboral llena de analíticas injustificadas (defensivas, vamos a llamarlas –vid supra-) y burocracia innecesaria, porque es más barato y cuesta menos tiempo y recursos educar a las familias a cuidarlos que curar sus escaras diariamente en el centro de salud. Que sufren un estrés mental indecible cuando en vez de tener tres paciente a cargo en la UVI –lo que mandan los cánones -tienen siete, ya que NO HAY DINERO para cubrir bajas laborales o ausencias –para el último juguetito en radiodiagnóstico o en un centro de salud vacío sí-. Dios me libre de tener que ir a la UCI. Pero claro, podemos pedir de ellas eso y más, porque eligieron con gusto esa profesión, y si debido a una carga de trabajo excesiva se confunden con la medicación o te ponen una leche en vena, el juicio popular será implacable y tu profesionalidad, valorada en cualquier país como excelente, lapidada hasta la extenuación. Y querrías haber sido empaquetadora de bolígrafos o contadora de nubes. Normal

Lo normal, que los policías municipales, encargados de la atención al ciudadano, a los que llamamos cuando hay peleas, el vecino hace ruido, me estorba una doble fila, nos damos un golpe con el coche o hay un problema de tráfico, sean los malos de la película y los denunciados cuando hay una redada. Tienen que tener la habilidad de reducir a un capo de la mafia rusa puesto hasta las cejas de cocaína sin tocarle un pelo. Meter a una chica empastillada que está pegando a su novio y de paso dos golpes de kickboxing a un poli que se acercaba en el patrulla, entre seis, ponerle unas inmovilizaciones de plástico porque las muñecas se le escapabas de las esposas… e igual, a caricias. Insto a los lectores varones que me digan cuál sería su reacción a una patada “ahí”. ¿Una sonrisa, porque cuando soñabas con ser policía sabías que iba en el lote, y por fin llega al consumación absoluta de esa vocación infantil? Por no hablar de los prejuicios a gran escala. Trabajador de la “tele” que tras tomar un taxi no quiere pagar la carrera, taxi que (obviamente) llama a la policía, policía que se persona, trabajador que se encara y le roba la defensa (“porra”) a uno de ellos y le va a golpear, pero el compañero se interpone, recibiendo el golpe y lastimándose el hombro. El policía herido acude al juicio el día siguiente con un informe médico, el trabajador, sin informe pero con un collarín. Adivinen en final de la historia (pista: palabras del forense algo así como: un mocetón como tú no se ha podido hacer daño, mírale pobrecito con un collarín). Lo normal. Resultado: Muchas caras rotas y ojos morados, hombros dislocados y narices partidas, entre los policías, que le salen a 30€ al agresor, y a ellos, denunciados y con investigaciones por asuntos internos. Lo normal. Normal que se suiciden. Los policías. Iba en la vocación. 6 en un año, en Madrid. Leñe, eso no lo dicen en la tele…

Lo normal es que los bomberos, que crecieron entre cuentos de rescatar gatitos y niños de casas en llamas, acudan ante fuego y marea, ante árboles caídos, cuando hace días que no vemos a un vecino y huele mal o cuando algún gracioso se tira a las vías del tren (qué mal gusto, por su culpa llego tarde a trabajar) (por si acaso espero que hayan pillado la ironía, no quiero luego entradas acerca de mi insensibilidad). Cuando un niño se cae a un pozo y muere en el acto, y quien baja a por él tiene que ver la mirada de sus ojos vidriosos clavada en los suyos el resto de su vida. Los mismos que los de aquellos a los que tienen que excarcelar de los amasijos de hierros en esos horribles accidentes de circulación, mientras los sanitarios les chillan en la nuca “¡¡deprisa, que los perdemos!!”. Y mientras, lo normal sería que la alegría inundara sus almas porque hacen lo que les gusta. Y no han de hacer caso al dolor que han de sentir en cada músculo de su cuerpo, en máxima tensión durante horas, porque para eso tienen un gimnasio en el parque. Tampoco se pueden hacer daño al levantar las planchas de hierro de 500 kilos que vemos a veces en las calles cubriendo alguna zanja: con esos cuerpos tan fornidos –quién no ha visto alguno de esos calendarios-, no tienen derecho a hacerse daño. Roturas de músculos, de ligamentos, de meniscos, de articulaciones completas… son recibidas con regocijo por estos hijos de Thor, quienes, por su parte, cada vez son tratados más como funcionarios y menos como los héroes que son. Cada vez hacen más cosas con menos recursos: lo normal, deberían ser capaces de apagar incendios a soplidos y ser menos blandos y no dolerles tanto la espalda, y son unos privilegiados por trabajar 35 horas a la semana –como el resto de los empleados públicos, qué casualidad-. Y se juegan la vida por algo más de mil euros al mes. Haciéndolo por vocación, lo normal es que lo hicieran gratis, ¿no? Teniendo en cuenta la cantidad de ellos que se dejan la vida en el intento, no sé qué pensarían las familias…

Y aquí dejo el repaso por este país tan normal. Normal que la amiga eslovena con la que cené anoche se quedara horrorizada al contarle nuestras normalidades. Normal que la gente joven se vaya de este país que construyeron sus abuelos y que han arrasado sus padres.

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Esta entrada fue publicada en Atención Primaria, Emergencias, Gasto Sanitario, Profesión, Sanidad, Vocación profesional y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Es lo normal.

  1. salo dijo:

    Buff!! Creo que solo puedo decir, lo siento…

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    • caeteris dijo:

      Gracias. Por supuesto que no todo el mundo es así, por fortuna. Además, los que trabajamos por vocación tenemos la facultad de, pese a todas las vejaciones, resucitar con solo un… Gracias.

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