El Trance

Visto en el corcho de Pinterest de Merbondal
Mi padre vivió en su infancia-adolescencia el mal trago de ver a un hermano agonizar y morir. En esa Post-guerra maldita, en que la cardiopatía reumática lamía las articulaciones y mordía el corazón, y los niños eran diagnosticados de Sífilis para acceder a la Penicilina.
 
Su relato de cómo él abrió la última botella de Oxígeno al tío Ángel, y la desesperación que tenía aquél en plena consciencia, son parte de los recuerdos que marcan más de una vida: la suya primero, pero incluso la mía después, en esta vocación rara de médico chupatintas, que quiere aliviar sufrimientos entre papeles.
 
Morirse es difícilmente digno nunca. Es uno de tantos ejemplos de no querer llamar a las cosas por su nombre. La Medicina desde aquellos tristes cincuentas probablemente ha empeorado ese trance; vale, hemos retrasado el momento, pero en demasiadas ocasiones lo preparamos peor.
 
No quita para que se hagan esfuerzos por mejorar. Recuerdo en estos días un curso de Cuidados Paliativos, del que uno de los ponentes nos facilitó un valiosísimo recurso en esta dirección web. Me quedo con un par de ideas fundamentales a tener en cuenta:
  • Dar permiso: que aquel a quien estamos acompañando perciba que no deja nada por hacer, evitar esa angustia, tranquilizarle, porque nosotros ya estamos preparados.
  • Decir adiós: asumir nosotros mismos que no dejamos ningún asunto pendiente, que no vamos a generarnos más dolor por no haber dicho o no haber hecho algo concreto con esa persona.
Hoy, como tantos días de invierno, tuvimos la oportunidad de poner en práctica muchos de estos conceptos, han sido horas en que salieron de mi mente tarifas, ocupaciones, trámites y permisos, protocolos… de hacer calidad a través de la calidez. A mi lado, un gran colega, un gran profesional, que en el momento de presentar a la familia la realidad, acaba teniendo que hacer un gran esfuerzo por no derrumbarse él mismo mientras articula, en el colmo de la empatía, descolgándose el fonendo, un “si yo no fuera médico y se tratase de mi papá”…
 
Por mi parte, “mi papá”, el mío de verdad, pasó de su infancia-adolescencia, tuvo ocasión de que borraran de los antecedentes su historial el caritativo término de “sífilis a los 7”, y fue el gran responsable de mi vocación y mi profesión. No sé si acabaré imitando a Tere en alguna entrada más, pero ciertamente volverá a aparecer alguna mención más aquí.
 
La última que quiero hacer hoy es que pese a que el suyo fue un trance brusco y no anticipado, sí que tuve la ocasión de decirle en tiempo y momento que lo había hecho muy bien.
 
Acabamos con una Power Balad, algo Heavy, pero menos que la experiencia que os cuento.
 
 
Escrito en febrero de 2012, quedó pendiente de publicación por fuerza mayor.
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